¿Se puede confiar en Dios?

Hay preguntas que parecen nuevas pero llevan siglos circulando. ¿Se puede confiar en Dios? No es una duda moderna ni una crisis de fe individual: es, según la Escritura, el problema más antiguo del universo.

Juan 17:3 nos da el punto de partida: la vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien Él envió. Conocer a Dios no es un ejercicio intelectual abstracto; es la condición de la vida misma. Y sin embargo, desde el principio, algo —o alguien— ha trabajado sistemáticamente para distorsionar esa imagen.

El problema: la distorsión

Génesis 3:1–5 no narra simplemente la historia de una tentación. Narra la estrategia más antigua del enemigo: no atacar la existencia de Dios, sino su carácter. El mensaje de fondo en las palabras de la serpiente es triple: Dios te oculta información, Dios no quiere lo mejor para ti, Dios no merece tu confianza.

Satanás pintó a Dios como celoso y egoísta. Afirmó conocer sus motivaciones y lo retrató como alguien que retiene el bien supremo para sí mismo. Jon Paulien lo señala con precisión: en el núcleo de Génesis 3, Satanás acusa a Dios de ser como él mismo, pintando el carácter divino a su propia imagen.

La pregunta que late debajo de todo el relato —¿a quién le creerás?— no es solo de Eva. Es la pregunta de cada generación que ha leído este texto. El conflicto cósmico, de Génesis a Apocalipsis, gira sobre esa misma elección.

Satanás no necesita que dejes de creer en Dios. Solo necesita que tengas la imagen equivocada de Él.

La base: Dios es santo

Si la distorsión fue el primer movimiento, la respuesta bíblica comienza con un atributo que puede parecer frío o distante: la santidad.

Levítico 20:26, 1 Samuel 2:2, Isaías 57:15 no presentan la santidad como un rasgo decorativo. La presentan como el fundamento de todos los demás atributos divinos. Sin santidad, la omnipotencia de Dios sería tiránica y su omnisciencia, aterradora. Es la santidad lo que hace posible confiar en los demás atributos.

Isaías 57:15 revela la paradoja más profunda: el “Alto y Sublime, el que habita la eternidad y cuyo nombre es el Santo” habita también “con el quebrantado y humilde de espíritu.” La santidad de Dios no lo aísla de nosotros; lo capacita para restaurarnos.

Un Dios santo no puede ser manipulado, comprado ni corrompido. Eso, lejos de alejarnos, es exactamente por qué podemos confiar en Él.

El corazón: Dios es amor

1 Juan 4:7–19 no dice que Dios tiene amor. Dice que Dios es amor. La distinción importa: no es una cualidad que posee, sino la esencia de lo que es.

La lógica de este texto invierte todo esquema transaccional. Dios actúa primero, sin esperar reciprocidad. Envía a su Hijo no porque seamos amables ni merecedores, sino porque eso es lo que Él es. El amor maduro, dice el texto, expulsa el temor; quien teme no ha sido perfeccionado en el amor.

La palabra hebrea ḥesed —amor de pacto— captura bien este matiz: no es emoción pasajera sino compromiso permanente. Lealtad, protección, firmeza y ternura. Un amor que no fluctúa con nuestros merecimientos ni se negocia según nuestra respuesta.

Dios no nos ama porque seamos amables. Nos ama porque eso es lo que Él es.

La evidencia: Dios es cercano

Génesis 1 y 2 nos ofrecen dos retratos del mismo Dios.

En el primero, Elohim crea con su voz. Poder soberano absoluto, decreto divino que convoca la existencia desde la nada. La creación por fiat subraya que el universo no es resultado del azar ni de una lucha cósmica —como sí aparece en las mitologías mesopotámicas circundantes—, sino de una palabra que basta.

En el segundo, Yahweh Elohim forma al hombre con sus manos. El verbo hebreo yatsar es el mismo que describe al alfarero trabajando sobre su rueda: un proceso de cuidado deliberado, artístico, personal. Richard Davidson lo señala: Dios no habló al hombre a la existencia como habló a las estrellas. Se arrodilló en el barro.

Estos dos textos muestran a un Dios que es simultáneamente soberano y artesano, todopoderoso y tierno. Como señaló Pablo en el Areópago: “No está lejos de ninguno de nosotros” (Hechos 17:27).

El mismo Dios que habló galaxias a la existencia se arrodilló en el barro para formarte con sus manos.

El clímax: Dios se revela en Jesús

Mateo construye su evangelio como un arco deliberado.

Abre en 1:23 con el nombre que lo define todo: “Emanuel, que traducido significa: Dios con nosotros.” Cierra en 28:20 con la promesa que devuelve el eco: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

No es una coincidencia literaria. Es una declaración sobre el carácter de Dios: Él es, fundamentalmente, un Dios de proximidad y compromiso, no de distancia. Satanás dijo en el jardín que Dios les ocultaba algo, que no estaba verdaderamente con ellos. Mateo —desde la primera hasta la última página— responde que no.

Jesús no vino solo a salvarnos. Vino a mostrarnos cómo es el Padre. Quien ha visto a Jesús ha resuelto la pregunta.

La respuesta: vivir de manera santa

Conocer el carácter real de Dios no es un ejercicio académico. Tiene consecuencias.

1 Pedro 1:13–16, Romanos 6:22 y Hebreos 12:14 convergen en una misma invitación: Dios es santo, y nos llama a serlo. Pero la forma en que se formula esa invitación lo cambia todo. No es “sé santo porque lo ordeno.” Es: “sé santo porque yo soy santo, y si me amas, querrás ser como yo.” Larry Lichtenwalter lo articula con precisión: la santidad no es una lista de prohibiciones ni una existencia árida; es una reorientación completa de la vida hacia el carácter de Dios.

Tiene dos dimensiones que no pueden separarse. La primera es la separación: un llamado a salir de las pasiones y los caminos del mundo, a ser apartado. La segunda es la pureza moral interior: como dice la imagen del árbol sano que produce fruto de calidad, la buena vida procede naturalmente del bien almacenado en el corazón.

Aquí aparece la paradoja central que la Biblia no intenta suavizar: la transformación del carácter no viene de ninguna bondad natural que solo necesite ser activada. Jesús lo dijo directamente: “Sin mí no pueden hacer nada.” Cualquier método que pretenda que las personas pueden transformarse a sí mismas contradice tanto la Escritura como la experiencia humana. Solo Cristo puede sostener al creyente en ese proceso.

La santidad no es un logro. Es una respuesta. Una respuesta humilde al amor que nos encontró primero.

La misión: compartir el retrato correcto

Si la distorsión del carácter de Dios es el problema más antiguo del cosmos, entonces quienes han conocido el retrato verdadero tienen una responsabilidad específica.

Jiří Moskala lo plantea con claridad: la tarea principal del pueblo de Dios es presentar una imagen correcta de Él y de sus actos amorosos y justos. No es una tarea opcional ni reservada para teólogos. Es la vocación de cualquiera que haya pasado por la pregunta “¿se puede confiar en Dios?” y haya encontrado una respuesta.

Eso ocurre de tres maneras. La primera es el carácter reflejado: la luz no se genera, se refleja. Quienes comunican regularmente con Dios tendrán esa luz visible en su forma de vivir, y un carácter cristiano bien formado hará más por otros que cualquier argumento —no en charla ni en profesión, sino en lo concreto de la vida diaria. La segunda es la esfera de influencia: cuando alguien acepta a Cristo, queda constituido embajador, un testigo viviente no solo en espacios sagrados, sino en el trabajo, en la vocación, en cada relación. La tercera es la entrega continua: no una transformación lograda de una vez, sino un movimiento constante de acercarse, confesar, recibir perdón y adquirir gracia, para que Dios siga trabajando de adentro hacia afuera.

La pecaminosidad hace que los humanos teman a Dios por naturaleza. Una imagen distorsionada de Él empeora esa situación. Una imagen verdadera —vivida, no solo proclamada— es la corrección.

¿Entonces, se puede confiar en Dios?

La pregunta con la que abrimos no es retórica. Es la más vieja del cosmos, y la Escritura la responde con una consistencia que va de Génesis al Apocalipsis.

La gente no siempre rechaza a Dios. En muchos casos rechaza una versión distorsionada de Él: la versión que Satanás lleva siglos promoviendo. Un Dios celoso, lejano, que retiene el bien, que legisla sin amar.

La Biblia presenta otro retrato: un Dios santo cuya santidad misma lo hace confiable, un Dios que es amor en su esencia más profunda, un Dios que se arrodilla en el barro y que abre y cierra el evangelio con la misma promesa. Un Dios que, al conocerlo, nos transforma a su imagen —y nos envía a compartir ese retrato con quienes aún viven bajo la distorsión.

El problema nunca fue falta de evidencia. Fue decidir a quién creerle.

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